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Tag Archives: Los siete locos

Estimados lectores:

Esta semana he finalmente concluido “Los siete locos”, de Roberto Arlt. La demora no fue porque el libro fuera difícil de leer, o porque no me resultara interesante, sino simplemente por falta de tiempo.

La historia, que se desarrolla entre las calles y bares de Buenos Aires, tiene como protagonista a Remo Erdosain, un joven desmotivado y deprimido, que transita sin rumbo claro por la vida.

La obra comienza con el interrogatorio al cual es sometido Erdosain por directivos de la empresa donde trabaja, luego de haberlo descubierto robando. Si bien Erdosain lo niega, la realidad es que sí robó, una poco significativa suma, y por puro aburrimiento.

A partir de ahí nos vamos metiendo cada vez más en la vida y en la mente de Erdosain: sin trabajo, abandonado por su mujer que lo deja por otro, y sin un claro deseo de vivir, se vincula con una serie de peculiares personajes, unidos por el loco objetivo de crear una secta que, valiéndose de prostitutas, militares y consignas, controlará al país y al mundo.

Si bien algunas partes de la novela se me hicieron un poco pesadas (en particular todo el análisis de las actividades que llevaría a cabo la secta), valió la pena seguir los pasos de Erdosain y compartir los procesos internos por los que transcurre su mente.

Desde el comienzo Erdosain me recordó al Raskolnikov de Dostoievski, por su soledad, sus impulsos y sus permanentes reflexiones. Pero este Raskolnikov vernáculo nada tiene que envidiarle al ruso. Y la forma de escribir de Arlt es inigualable: directa pero a la vez sutil, cruda pero también muy profunda.

Si bien la historia continúa en “Los lanzallamas”, en este momento prefiero leer otro tipo de libro, quizás uno un poco menos reflexivo y sombrío.

El elegido ha sido “Caín”, de mi querido y algo abandonado José Saramago. Es un libro breve, y que promete retomar el tono de burla de “El evangelio según Jesucristo”. Hace mucho que no leo a Josecito, así que va a ser algo nostálgico recordar su peculiar sintaxis.

Saludos.

Mercedes

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Estimados lectores:

Aquí les dejo algunas citas de “Los siete locos”, que ya estoy próxima a terminar.

Citas de “Los siete locos”

“Le parecerá mentira a usted que yo, yo que he venido a proponerle el asesinato de un hombre, le hable de inocencia, y, sin embargo, tenía veinte años y era un chico. ¿Sabe usted qué clase de tristeza es esa que le hace pasar a uno la noche en un asqueroso despacho de bebidas, perdiendo el tiempo entre conversaciones estúpidas y tragos de caña? ¿Sabe lo que es estar en un prostíbulo y de pronto contenerse para no llorar desesperadamente? Usted me mira asombrado, claro, veía un hombre raro, quizás, pero no se daba cuenta de que toda esa rareza derivaba de mi angustia que yo llevaba escondida en mí. Vea, hasta me parece mentira hablar con precisión como lo hago. ¿Quién soy? ¿A dónde voy? No lo sé. Tengo la impresión de que usted es igual a mí, y por eso he venido a proponerle el asesinato de Barsut. Con el dinero fundaremos la logia y quizás podamos remover los cimientos de esta sociedad”.


 

“-¿Y cree usted que ese crimen va a tener alguna influencia en su vida?

– Ésa es la curiosidad que tengo. Saber si mi vida, mi forma de ver las cosas, mi sensibilidad, cambian con el espectáculo de su muerte. Además, que tengo ya necesidad de matar a alguien. Aunque sea para distraerme, ¿sabe?”.


 

“- A pesar de todo es necesario injertar una alegría en la vida. No se puede vivir así. No hay derecho. Por encima de toda nuestra miseria es necesario que flote una alegría, qué sé yo, algo más hermoso que el feo rostro humano, que la horrible verdad humana. Tiene razón el Astrólogo. Hay que inaugurar el imperio de la Mentira, de las magníficas mentiras. ¿Adorar a alguien? ¿Hacerse un camino entre este bosque de estupidez? ¿Pero cómo?

– ¿Qué importa que yo sea un asesino o un degradado? ¿Importa eso? No. Es secundario. Hay algo más hermoso que la vileza de todos los hombres juntos, y es la alegría. Si yo estuviera alegre, la felicidad me absolvería de mi crimen. La alegría es lo esencial. Y también querer a alguien…”.


 

“Erdosain la contempló un instante con muda desesperación; y al final, recogió su mano. Iba a llevársela a los labios, pero una fuerza extraña chocó en su sensibilidad, y sollozando se desmoronó sobre la falda de la mujer.

Lloraba convulsivamente a la sombra de la intrusa erguida y de su mirada inmóvil en los sacudimientos de su cabeza. Lloraba aciegado, retorcida la vida de un furor ronco, conteniendo gritos cuyos desgarramientos incompletos renovaban su dolor horrible, y el sufrimiento brotaba del inagotablemente, se inundaba de más pena, una pena que subía en sollozos en su garganta. Así agonizó varios minutos, mordiendo su pañuelo para no gritar, mientras que el silencio de ella era una blandura en la que se recostaba su espíritu extenuado. Luego el sufrimiento gritante se agotó; lágrimas tardías brotaban de sus ojos, un ronquido sordo trajinaba en su pecho y encontró consuelo en estar caído así, con las mejillas mojadas, sobre el regazo de una mujer. Un enorme cansancio lo agobiaba, la figura de su esposa distante terminó por borrarse de la superficie de su pena, y mientras permanecía así, un encalmamiento crepuscular vino a resignarlo para todos los desastres que se habían preparado”.


 

“- Sí, es raro. A veces me parece que voy a encontrar en otra vida lo que falta en la mía. Y se le ocurre a uno que hay gentes que han descubierto el secreto de la felicidad… y que si nos cuentan su secreto nosotros también seremos felices.

– Mi vida, sin embargo, no es ningún secreto.

– ¿Pero usted nunca sintió la extrañeza de vivir?

– Sí, eso sí.

– Cuénteme.

– Fue cuando era muchachita. Trabajaba en una linda casa de la Avenida Alvear. Había tres niñas y cuatro sirvientas. Y yo me despertaba a la mañana y no terminaba de convencerme de que era yo la que me movía entre esos muebles que no me pertenecían y esa gente que sólo me hablaba para que yo la sirviera. Y a momentos me parecía que los otros estaban bien clavados en la vida, y en sus casas, mientras que yo tenía la sensación de estar suelta, ligeramente atada con un cordón a la vida. Y las voces de los otros sonaban en mis oídos como cuando una está dormida y no sabe si sueña o está despierta.

– Debe ser triste.

– Sí, es muy triste ver felices a los otros y ver que los otros no comprenden que una será desdichada para toda la vida. Me acuerdo que a la hora de la siesta entraba a mi piecita y en vez de zurcir mi ropa, pensaba: ¿yo seré sirvienta toda la vida? Y ya no me cansaba le trabajo, sino mis pensamientos. ¿Usted no se ha fijado qué obstinados son los pensamientos tristes?”.

Estimados lectores:

Para conocer un poco a Roberto Arlt les propongo una breve cronología y una serie de citas del prólogo del libro que estoy leyendo (“Los siete locos”), escrito por Mirta Arlt, la hija de Roberto.

Cronología

1900: El 2 de abril nace en Buenos Aires Roberto Godofredo Christophersen Arlt, hijo de inmigrantes (su padre prusiano y su madre de Trieste). Su infancia transcurrió en el barrio porteño de Flores.

1909: Fue expulsado de la escuela primaria. Siempre fue un niño de carácter nervioso, que sufrió las consecuencias de la educación rigurosa y disciplinada que le brindó su padre, la cual es retratada en diferentes libros de Arlt, donde vemos a un padre golpeador, exigente e incomprensible.

1917: Se fue de su casa, con solo 17 años. Sobrevivió trabajando como pintor, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante de la Escuela de Mecánica de la Armada.

1920: Publicó su primera obra larga: “Las ciencias ocultas Buenos Aires”, un ensayo que recopila artículos publicados por Arlt en periódicos.

Roberto Arlt

1922: Se inicia en el periodismo, escribiendo por un breve tiempo en el periódico Patria, que pertenecía a la Liga Patriótica Argentina. Posteriormente escribiría para Izquierda, Extrema Izquierda y Ultima Hora.

1926: Publicación de su primera novela, “El juguete rabioso” y comienzo de su escritura para la revista Mundo Argentino. Dos años después ya era redactor de los diarios El Mundo, Crítica y La Nación. En paralelo a la escritura intenta constantemente hacerse rico como inventor, aunque con rotundo fracaso, llegando solo a instalar un pequeño laboratorio químico en Lanús y a patentar un producto.

1929: Publicación de su segunda novela, “Los siete locos”. A eso le siguen, en los años siguientes, las publicaciones de varios cuentos y novelas, así como también sus famosas Aguafuertes porteñas, que constituyen artículos literarios, con reflexiones personales de corte existencialista, y con una visión crítica de la idea de “progreso” que hay detrás de los cambios que va sufriendo Buenos Aires.

1930: Se vincula más con la política, a través de su asociación con la Liga Antiimperialista contra Uriburu, también firmará el manifiesto por la creación de un sindicato de escritores revolucionarios.

1931: Además de la publicación de nuevas novelas, comienza su interés por el teatro, estrenando su obra “300 millones”.

1936: Publicación de las Aguafuertes españolas tras su viaje a España, dos meses antes del inicio de la revolución.

1942: Muerte el 26 de julio en Buenos Aires, de un infarto.

Obras

Narrativa

El diario de un morfinómano (1920)
El juguete rabioso (1926)
Los siete locos (1929)
Los lanzallamas (1931)
El Amor brujo (1932)
Aguafuertes porteñas (1933)
El jorobadito (1933)
Aguafuertes españolas (1936)
El criador de gorilas (1941)
Nuevas aguafuertes españolas (1960)
Las Fieras

Teatro

El humillado (1930)
300 millones (1932)
Prueba de amor (1932)
Escenas de un grotesco (1934)
Saverio el Cruel (1936)
El fabricante de fantasmas (1936)
La isla desierta (1937)
Separación feroz (1938)
África (1938)
La fiesta del hierro (1940)
El desierto entra a la ciudad (1952)
La cabeza separada del tronco (1964)
El amor brujo (1971)

Sus obras y la relación con la crítica

“La locura, la marginalidad, la humillación, la traición, la conspiración política, la invención técnica serán los principales temas de toda su narrativa. Sus ficciones tienen como escenario principal a Buenos Aires y como protagonistas a personajes de la clase media, en el contexto de la crisis económico-social y el desasosiego ante la inminente guerra mundial durante las décadas de 1920 y 1930” (www.cervantesvirtual.com/portales/roberto_arlt).

Sus relatos y personajes tienen un costado grotesco, mostrando la bajeza, la maldad y la oscuridad del ser humano, como pueden ver en las citas que estaré publicando. Logra Arlt retratar, a través de un lenguaje y forma de escribir totalmente alejados de los de su contemporáneo Borges, a la Argentina de los inmigrantes, de los desposeídos, de los oprimidos, pero no desde el realismo tradicional, sino con toques de vanguardismo, como la cultura de lo grotesco, la fantasía y el expresionismo.

Es justamente ese estilo que le costó el desprecio de la elite cultural de su época, que lo acusó de escribir de un modo “descuidado”. Se lo tenía por un escritor excéntrico.

“El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y ‘que los eunucos bufen'” (prólogo de “Los lanzallamas”).

Esta forma violenta de concebir la escritura se traslada a sus textos, logrando un estilo único, que mezcla violencia y sueños, existencialismo y fantasía.

Ricardo Piglia en “Respiración artificial” nos dice: “Cualquier maestra de la escuela primaria puede corregir una página de Arlt, pero nadie puede escribirla”.

Frase Arlt 2.jpg

La visión de Mirta Arlt

Les dejo algunos extractos del prólogo de “Los siete locos”, escrito por Mirta Arlt, la hija de Roberto, que describen de alguna forma a su padre.

A su vez en Los siete locos (lo mismo que en El juguete rabioso, Los lanzallamas y El amor brujo) resulta difícil no fusionar niveles, no hacer confluir planteos válidos para el personaje con planteos válidos para el autor. En primer lugar porque Augusto Remo Erdosain y Roberto Arlt a veces se recorren unidos en lo trascendental. El uno y el otro han empezado por sentirse ser como rechazados por el creador y por la sociedad. Sólo por el desdoblamiento del escritor en sus criaturas, el autor realiza sus ascesis de la abyección a través del personaje, reservándose para su carnadura humana el derecho al autoflajelo destructivo.

El primer rechazo, el que marca su iniciación en la ascesis, comienza para los dos a los siete años. Remo Erdosain-Roberto Arlt son extraños en todas partes; la escuela los martiriza por igual. Sus padres desdichados sin saberlo se vuelven feroces con el hijo. Y el hijo sentirá esa ferocidad como una némesis divina, implacable. Dios no lo quiere, no lo ama, no proyecta sobre él su misericordia sino la mirada de su ojo cruel y obsesivo. ¡Qué diferencia con los otros escolares que durante los recreos hablan con placer de sus casas y de sus padres!

Luego el adolescente será excluido de la Escuela de Mecánica de Armada; demasiada imaginación es la nueva culpa. Y la serie de rechazos sigue materializando los rechazos sustanciales, a los que se suman luego sus propios autoagravios ante los fracasos como inventor, como empleado, como marido. En el medio de las “buenas personas” al que se empeña en pertenecer, ser Remo Erdosain o ser Roberto Arlt implica ser considerado casi anormal.

Rechazado por el hogar paterno, rechazado por su familia política y por su propia mujer, Silvio Astier-Remo Erdisain-Balder-Arlt son finalmente soslayados por el medio intelectual que los menosprecia, o si no los menosprecia abiertamente no los distingue en la medida de su autovaloración. Ante los consagrados no cuentan.

Por el particular temple de su angustia creadora Roberto Arlt se asume en el personaje de ficción como el Genet de Sartre asume su ser abyecto. Autor y personaje conllevan ese mal “en orgullosa soledad” que llenan de invención y creación. Y en cada personaje de Los siete locos, lo novela más cátártica de Arlt, se puede detectar la interferencia de uno de los modos de ser del creador.

Pero ya en Erdosain-Arlt nuestro presente comienza a librar su batalla. Este personaje es profundamente argentino, y dentro de la Argentina ciudadano, y, como ciudadano, específicamente porteño. Y sin embargo este hombre tan nuestro se vincula por su actitud hacia lo divino y lo social con el hombre de otras latitudes pero de la misma época. (…) En ellos comienzan a tener nombres los problemas que se agudizan en otros hombres de otros lugares atacados por los mismos síntomas. Son los que encarnan ese literal estar arrojados a la existencia.

Un argentino de varias generaciones carecería, seguramente, de la posibilidad de registrar esa realidad (del personaje, del autor y de la época). Carecería de la porosidad necesaria a la sensibilidad para que ciertos matices se vean registrados, procesados y mostrados a través de la palabra.

Si en lugar de pertenecer a un hogar de pequeña burguesía extranjera, hostil al medio y a la vez teutónicamente calvinista, en la concepción del hombre y la moral, Roberto Arlt hubiera pertenecido a un medio mullidamente ubicado en la realidad del país, habría recibido informaciones diferentes de esa misma realidad, y la ecuación resultante habría sido cabalmente diferente. Pero Roberto Arlt no estaba inmunizado contra nada. (…) Roberto Arlt resulta personalmente un paradigma del hombre que está fundando una nacionalidad en las grandes ciudades nuevas, queridas y hostiles.

La situación personal que condiciona la lente del autor y del personaje está definida en pocas palabras en el capítulo titulado “Los sueños del invento”: “Tenía necesidad de estar solo, de olvidarse de las voces humanas y de sentirse tan desligado de lo que lo rodeaba como un forastero en una ciudad en cuya estación perdió el tren”.

En este estado de hipersensibilidad todo puede maravillar pero también sobrecoger. Las revelaciones son inesperadas, insólitos los entusiasmos, imprevisibles las reacciones. Naturalmente ese estado es el menos apto para la visión rasante u objetiva. Todo se vuelve un poco monstruoso; se registra con lenguaje figurado y por analogía.

La gran humillación de Erdosain-Arlt en definitiva es no tener capacidad de convertirse en el gran ofensor de la sociedad y del padre eterno. Sentir que se está enfermo de cobardía y que ella es una enfermedad específicamente ciudadana.

Dolorosa metamorfosis del autor que se toma como materia prima de su propia obra y se convierte por desdoblamiento en el antihéroe existencial de la década del 30 en la Argentina.

Mirta Arlt

Estimados lectores:

La nueva selección es “Los siete locos”, de Roberto Arlt.

Los siete locos

Hace mucho que lo tengo en la lista de pendientes, pero no estoy segura de que sea el mejor momento para leerlo, ya que es más complejo de lo que imaginaba, y la trama es bastante melancólica y depresiva.

La historia gira alrededor de las tribulaciones de Remo Erdosain, descubierto robando de la empresa donde trabaja como cobrador, desesperado por conseguir dinero, abandonado por su mujer. Bajo estas circunstancias encontramos a Erdosain desesperanzado, casi agonizante por momentos, envuelto en una red de desesperación y angustia de la que parece no puede salir.

Lo acompañan personajes como “El Astrólogo”, empeñado en hacer una revolución social financiada por una red de burdeles administrada por el Rufián Melancólico.

La edición que tengo cuenta con un prólogo de Mirta Arlt, hija de Roberto, donde se nos plantea a Erdosain como una especie de espejo del autor, compartiendo el personaje y su creador muchos de los sentimientos expuestos en la obra.

Para tomar conciencia de la temática del libro les dejo una cita:

“Elsa miraba fijamente tras los rombos del velo, el semblante demacrado de aquel esposo que tanto quisiera un día, en tanto que Erdosain se preguntaba por qué existía en él un vacío tan inmenso, vacío en el que su conciencia se disolvía sin acertar con palabras que ladraban su pena de un modo eterno”.

Saludos.

Mercedes